ESCRIBE AQUI EL TEMA SOBRE EL QUE QUIERES LEER EN MI BLOG:
Búsqueda personalizada

lunes, febrero 16, 2026

Reflexiones sobre el paso sexto (parte uno)

Lo primero que comprendo respecto al paso de estar dispuesto a que el Poder Superior elimine mis defectos de carácter es que implica dejar atrás la mentalidad de paciente, esa actitud de pensar que basta con tomar una pastilla para ponerse bien sin hacer absolutamente nada por uno mismo. Esa forma de pensar es muy común en muchas personas cuando llegan al programa: esperan que otros los recuperen, que alguien les solucione la vida sin necesidad de trabajar ni esforzarse personalmente. Creo que ahí es donde muchas veces falla este paso.

Aunque yo, al haber llegado hasta aquí, ya he pasado por el cuarto y el quinto paso y estoy acostumbrado a escribir, reflexionar y trabajar sobre mí mismo, no creo que sea suficiente con simplemente decirle a Dios: “quítame los defectos de carácter, tú puedes hacerlo, te los entrego a ti”, y quedarme ahí sin hacer nada más. Para mí no funciona así. Considero que este proceso requiere un esfuerzo adicional por mi parte, especialmente en el sentido de estar verdaderamente dispuesto a que esos defectos desaparezcan y hacer mi parte en el proceso.

Hacer mi parte significa, por ejemplo, intentar frenar esos defectos cuando los detecto en mí. Sé que para muchas personas los defectos de carácter son tan fuertes como la propia compulsión por la comida, y que a veces no son capaces ni siquiera de controlarlos porque sienten que son más poderosos que ellas mismas. Yo mismo he sentido muchas veces que esos defectos me superan y me vencen. Sin embargo, cuando uno está dispuesto a cambiar, al menos puede verlos, identificarlos y tratar de detenerlos. Y eso ya es un logro enorme.

Por supuesto, a mí también me vencen los defectos de carácter en muchas ocasiones, pero al menos intento mantener la mente abierta al cambio y trato de dejarlos a un lado cuando soy consciente de ellos. Hay muchas personas que no desean abandonar sus defectos porque se sienten cómodas con su manera de ser o porque creen que cambiar implicaría dejar de ser quienes son. Yo creo que dejar a un lado los defectos de carácter implica necesariamente cambiar, y el cambio siempre genera miedo.

Recuerdo el caso de una compañera que tenía mucho miedo a la recuperación porque sabía que recuperarse implicaba transformarse profundamente. Ella no quería cambiar, le daba vértigo el cambio porque no sabía quién sería después. Tenía miedo de perder su identidad. Yo, sin embargo, siempre he pensado lo contrario: sigo siendo la misma persona, pero una versión mejorada de mí mismo.

De la misma manera que la recuperación consiste en reaprender a vivir sin comer compulsivamente, también implica reaprender a vivir sin los defectos de carácter que me han acompañado durante tanto tiempo. No es solo abandonar una conducta externa, sino transformar profundamente la forma de pensar, sentir y actuar.

He visto en muchos compañeros y compañeras que están tan acostumbrados al drama, a la crítica constante o a vivir en conflictos con los demás, que les resulta casi imposible soltar esas actitudes. Están tan identificados con esas formas de comportamiento que no pueden imaginar otra manera de vivir. Sin embargo, en mi caso, el programa me ha permitido desmontarme interiormente, como si fuera un puzzle, y volver a reconstruirme varias veces a través del trabajo de los pasos. He entendido que ese proceso de desmontarme y reconstruirme es parte del camino y que probablemente tendré que seguir haciéndolo una y otra vez.

Para mí, estar dispuesto a cambiar y mejorar significa analizarme profundamente, mirar dentro de mí mismo con honestidad. Sé que muchas personas no quieren hacer este ejercicio porque les da miedo enfrentarse a lo que pueden encontrar en su interior. Mirar hacia dentro puede resultar doloroso, porque implica reconocer aspectos propios que no nos gustan y aceptar la necesidad de renunciar a aquello que nos hace daño.

No se trata de pensar que seré capaz de eliminar completamente mis defectos por mí mismo, porque sé que no tengo ese poder. Se trata más bien de estar dispuesto a renunciar a ellos, de tener la voluntad de cambiarlos, aunque reconozca que soy impotente ante ellos y que necesito una ayuda superior para lograrlo.

Los defectos de carácter pueden llamarse también imperfecciones, emociones negativas o sentimientos destructivos, pero en el fondo representan aquello que me ha llevado a sufrir y a caer en la compulsión. Por eso, aunque sé que muchas veces me vencerán, al menos intento mantener una actitud de apertura, reconociendo que esos defectos me han conducido a la enfermedad y que necesito cambiar.

He comprendido que no puedo pretender tener una recuperación sólida si no estoy dispuesto a transformarme interiormente. Hay personas que desean únicamente que desaparezca su compulsión por la comida, pero no quieren cambiar su forma de ser ni sus actitudes profundas. Según mi experiencia, eso no funciona. La recuperación exige un cambio integral, una transformación personal que implica revisar mis pensamientos, mis emociones y mis comportamientos.

Este paso me enseña que debo hacer mi parte: observarme, reconocer mis defectos, estar dispuesto a cambiarlos y confiar en que el Poder Superior hará aquello que yo no puedo hacer por mí mismo. Solo así puedo avanzar verdaderamente en el camino de la recuperación y construir una vida diferente, más sana y más consciente.

sábado, febrero 14, 2026

Trabajando mis defectos de caracter y el cambio hacia las virtudes opuestas.


Sé que nunca voy a ser perfecto, y he llegado a aceptar profundamente esa realidad. Para mí, la perfección absoluta es algo inalcanzable para cualquier ser humano, porque forma parte de nuestra naturaleza ser limitados, tener fallos y cometer errores. Creo sinceramente que el único ser verdaderamente perfecto que existe es el Poder Superior, ya que de Él emanan todas las virtudes que son opuestas a los defectos de carácter. Entiendo que en ese Poder Superior reside la totalidad de las cualidades positivas: la paciencia infinita, el amor incondicional, la comprensión absoluta, la humildad perfecta y todas aquellas virtudes hacia las que yo solo puedo aspirar y a las que trato de acercarme en mi día a día.

Como mi Poder Superior posee todas esas virtudes en su plenitud, para mí Él representa la perfección absoluta. Yo, en cambio, no soy así, porque dentro de mí conviven tanto virtudes como defectos, fortalezas y debilidades, luces y sombras. Esa mezcla es precisamente lo que me define como ser humano. Mi imperfección no es un error ni una falla del sistema, sino una característica inherente a mi condición humana. Ser humano, para mí, significa precisamente vivir en ese equilibrio entre lo que puedo mejorar y aquello que todavía me limita.

También he comprendido que no es suficiente con simplemente pedirle al Poder Superior que elimine mis defectos de carácter sin más, como si fuera un acto automático o mágico. Durante mucho tiempo pensé que bastaba con rezar o expresar el deseo de cambiar para que las cosas sucedieran por sí solas, pero con la experiencia he aprendido que el proceso es mucho más profundo y exige compromiso personal.

Siempre he escuchado en el programa que los milagros se trabajan, y esta idea ha cobrado un significado muy importante para mí. Entiendo que los milagros no ocurren sin esfuerzo, sino que requieren una participación activa por mi parte. Para mí, esto significa que debo hacer el trabajo diario, constante y humilde que me corresponde, mientras dejo en manos de Dios o del Poder Superior los resultados finales. Mi responsabilidad es actuar, esforzarme, observar mis defectos, trabajar sobre ellos y estar dispuesto al cambio; el resultado de ese proceso no depende únicamente de mí.

Trabajar sobre mis defectos de carácter implica reconocerlos con honestidad, aceptarlos sin negarlos ni justificarlos y esforzarme conscientemente por transformarlos. Significa también estar dispuesto a que el Poder Superior actúe en mi vida y me ayude a liberarme de aquello que por mí mismo no puedo superar completamente. Esta disposición al cambio es fundamental, porque sin ella no puede haber transformación real.

He aprendido que debo hacer todo lo que está en mis manos y, al mismo tiempo, aceptar que hay aspectos que escapan a mi control. Los resultados finales pertenecen al ámbito del Poder Superior, no al mío. Esta comprensión me ayuda a vivir con más serenidad, porque me libera de la presión de querer controlar todo lo que ocurre dentro de mí y a mi alrededor.

Reconozco que mis defectos de carácter son más fuertes que yo cuando intento enfrentarlos únicamente con mi propia voluntad. Muchas veces me han superado, me han dominado y me han llevado a actuar de maneras que no deseaba. Por eso entiendo que necesito una ayuda superior a mí mismo para poder dejarlos atrás. Sin esa ayuda espiritual, mi esfuerzo individual resulta insuficiente.

Sin embargo, cuando he aplicado este enfoque en el pasado —trabajando activamente en mis defectos y confiando los resultados al Poder Superior— no he experimentado una transformación instantánea ni espectacular. Mis defectos no han desaparecido por arte de magia, ni me he convertido de repente en un ser perfecto, iluminado o completamente libre de debilidades. Esa expectativa irreal ya no forma parte de mi manera de entender el crecimiento espiritual.

Lo que sí he experimentado es un cambio más profundo y realista: mis defectos de carácter se han ido moderando con el tiempo. Han perdido parte de su fuerza y de su influencia sobre mis pensamientos y mis acciones. Aquello que antes me dominaba de manera automática ahora tiene menos poder sobre mí. Ya no reacciono siempre desde la impulsividad, el orgullo o el resentimiento, sino que poco a poco voy desarrollando respuestas más equilibradas y conscientes.

En muchos casos, he observado que esos defectos, al ser trabajados y transformados, han dado paso gradualmente a las virtudes opuestas. Donde antes había impaciencia, ha empezado a surgir la paciencia; donde predominaba el egoísmo, ha comenzado a aparecer una mayor generosidad; donde había ira o resentimiento, se ha ido abriendo espacio la comprensión y la aceptación. Este proceso no ha sido inmediato ni perfecto, pero ha producido un crecimiento real en mi manera de ser.

El resultado de este trabajo ha sido una versión mejorada de mí mismo, una persona más equilibrada, más consciente de sus limitaciones y más cercana espiritualmente a Dios o al Poder Superior. Sin embargo, incluso con estos avances, sigo siendo humano, imperfecto y falible. Continúo cometiendo errores, sigo teniendo debilidades y aún me queda mucho camino por recorrer en mi crecimiento personal y espiritual.

Aceptar esta realidad me aporta humildad y me permite mantener expectativas realistas sobre mí mismo. Ya no busco la perfección absoluta, sino el progreso continuo. Mi objetivo no es convertirme en alguien perfecto, sino avanzar cada día un poco más hacia una mejor versión de mí mismo, con mayor conciencia, mayor serenidad y mayor conexión espiritual.

He comprendido que el crecimiento espiritual es un proceso continuo, un camino que dura toda la vida y que requiere paciencia, perseverancia y confianza. No se trata de alcanzar un estado definitivo de perfección, sino de mantener una actitud constante de aprendizaje, disposición al cambio y apertura a la ayuda del Poder Superior.

Hoy entiendo que mi papel consiste en trabajar humildemente sobre mis defectos, aceptar mi imperfección como parte de mi humanidad y confiar en que el Poder Superior me guía en este proceso de transformación. De esta manera, poco a poco, voy creciendo, mejorando y acercándome a una vida más plena, más equilibrada y más alineada con los principios espirituales que deseo vivir.