Trabajando mis defectos de caracter y el cambio hacia las virtudes opuestas.
Sé que nunca voy a ser perfecto, y he llegado a aceptar profundamente esa realidad. Para mí, la perfección absoluta es algo inalcanzable para cualquier ser humano, porque forma parte de nuestra naturaleza ser limitados, tener fallos y cometer errores. Creo sinceramente que el único ser verdaderamente perfecto que existe es el Poder Superior, ya que de Él emanan todas las virtudes que son opuestas a los defectos de carácter. Entiendo que en ese Poder Superior reside la totalidad de las cualidades positivas: la paciencia infinita, el amor incondicional, la comprensión absoluta, la humildad perfecta y todas aquellas virtudes hacia las que yo solo puedo aspirar y a las que trato de acercarme en mi día a día.
Como mi Poder Superior posee todas esas virtudes en su plenitud, para mí Él representa la perfección absoluta. Yo, en cambio, no soy así, porque dentro de mí conviven tanto virtudes como defectos, fortalezas y debilidades, luces y sombras. Esa mezcla es precisamente lo que me define como ser humano. Mi imperfección no es un error ni una falla del sistema, sino una característica inherente a mi condición humana. Ser humano, para mí, significa precisamente vivir en ese equilibrio entre lo que puedo mejorar y aquello que todavía me limita.
También he comprendido que no es suficiente con simplemente pedirle al Poder Superior que elimine mis defectos de carácter sin más, como si fuera un acto automático o mágico. Durante mucho tiempo pensé que bastaba con rezar o expresar el deseo de cambiar para que las cosas sucedieran por sí solas, pero con la experiencia he aprendido que el proceso es mucho más profundo y exige compromiso personal.
Siempre he escuchado en el programa que los milagros se trabajan, y esta idea ha cobrado un significado muy importante para mí. Entiendo que los milagros no ocurren sin esfuerzo, sino que requieren una participación activa por mi parte. Para mí, esto significa que debo hacer el trabajo diario, constante y humilde que me corresponde, mientras dejo en manos de Dios o del Poder Superior los resultados finales. Mi responsabilidad es actuar, esforzarme, observar mis defectos, trabajar sobre ellos y estar dispuesto al cambio; el resultado de ese proceso no depende únicamente de mí.
Trabajar sobre mis defectos de carácter implica reconocerlos con honestidad, aceptarlos sin negarlos ni justificarlos y esforzarme conscientemente por transformarlos. Significa también estar dispuesto a que el Poder Superior actúe en mi vida y me ayude a liberarme de aquello que por mí mismo no puedo superar completamente. Esta disposición al cambio es fundamental, porque sin ella no puede haber transformación real.
He aprendido que debo hacer todo lo que está en mis manos y, al mismo tiempo, aceptar que hay aspectos que escapan a mi control. Los resultados finales pertenecen al ámbito del Poder Superior, no al mío. Esta comprensión me ayuda a vivir con más serenidad, porque me libera de la presión de querer controlar todo lo que ocurre dentro de mí y a mi alrededor.
Reconozco que mis defectos de carácter son más fuertes que yo cuando intento enfrentarlos únicamente con mi propia voluntad. Muchas veces me han superado, me han dominado y me han llevado a actuar de maneras que no deseaba. Por eso entiendo que necesito una ayuda superior a mí mismo para poder dejarlos atrás. Sin esa ayuda espiritual, mi esfuerzo individual resulta insuficiente.
Sin embargo, cuando he aplicado este enfoque en el pasado —trabajando activamente en mis defectos y confiando los resultados al Poder Superior— no he experimentado una transformación instantánea ni espectacular. Mis defectos no han desaparecido por arte de magia, ni me he convertido de repente en un ser perfecto, iluminado o completamente libre de debilidades. Esa expectativa irreal ya no forma parte de mi manera de entender el crecimiento espiritual.
Lo que sí he experimentado es un cambio más profundo y realista: mis defectos de carácter se han ido moderando con el tiempo. Han perdido parte de su fuerza y de su influencia sobre mis pensamientos y mis acciones. Aquello que antes me dominaba de manera automática ahora tiene menos poder sobre mí. Ya no reacciono siempre desde la impulsividad, el orgullo o el resentimiento, sino que poco a poco voy desarrollando respuestas más equilibradas y conscientes.
En muchos casos, he observado que esos defectos, al ser trabajados y transformados, han dado paso gradualmente a las virtudes opuestas. Donde antes había impaciencia, ha empezado a surgir la paciencia; donde predominaba el egoísmo, ha comenzado a aparecer una mayor generosidad; donde había ira o resentimiento, se ha ido abriendo espacio la comprensión y la aceptación. Este proceso no ha sido inmediato ni perfecto, pero ha producido un crecimiento real en mi manera de ser.
El resultado de este trabajo ha sido una versión mejorada de mí mismo, una persona más equilibrada, más consciente de sus limitaciones y más cercana espiritualmente a Dios o al Poder Superior. Sin embargo, incluso con estos avances, sigo siendo humano, imperfecto y falible. Continúo cometiendo errores, sigo teniendo debilidades y aún me queda mucho camino por recorrer en mi crecimiento personal y espiritual.
Aceptar esta realidad me aporta humildad y me permite mantener expectativas realistas sobre mí mismo. Ya no busco la perfección absoluta, sino el progreso continuo. Mi objetivo no es convertirme en alguien perfecto, sino avanzar cada día un poco más hacia una mejor versión de mí mismo, con mayor conciencia, mayor serenidad y mayor conexión espiritual.
He comprendido que el crecimiento espiritual es un proceso continuo, un camino que dura toda la vida y que requiere paciencia, perseverancia y confianza. No se trata de alcanzar un estado definitivo de perfección, sino de mantener una actitud constante de aprendizaje, disposición al cambio y apertura a la ayuda del Poder Superior.
Hoy entiendo que mi papel consiste en trabajar humildemente sobre mis defectos, aceptar mi imperfección como parte de mi humanidad y confiar en que el Poder Superior me guía en este proceso de transformación. De esta manera, poco a poco, voy creciendo, mejorando y acercándome a una vida más plena, más equilibrada y más alineada con los principios espirituales que deseo vivir.
0 Comentarios:
Publicar un comentario
<< Home